563293 336193423124020 742254107 nEscrito por Alicia Coronel- Zegarra, Coach Ontológico Integral Asersentido 

 

 

 

¨Hasta que el inconsciente se haga consciente,

el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida…

y tú le llamarás destino¨

  Carl Jung

Hace algunos años empecé un camino de búsqueda insaciable…

Muchos libros,  muchas teorías, distintas religiones, historias de personas que estaban buscando un sentido distinto en su vida. 

¿Qué buscaba? No lo sabía.

Sólo sabía que, a pesar de tener una familia unida, estar casada con la persona que amaba, tener dos hijos lindos, amigos, una empresa que yo misma formé, algo me estaba faltando, algo estaba extrañando.

Creí que la vida que tenía la había elegido yo… Y sí, de cierta manera fue así, sin embargo, me fui dando cuenta de que muchas de las decisiones que tomé tenían que ver con ciertos aprendizajes que tuve a lo largo de mi vida y estos aprendizajes estaban limitando mis elecciones.

Desde muy niña aprendí la existencia de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo positivo y lo negativo, lo aceptable y lo inaceptable.  Había una especie de “libro del bien y el mal”, la vida era así y ciertas cosas eran incuestionables.  El deber ser era lo más importante y a eso tenía que aspirar. 

En este punto de mi vida me preguntaba ¿Por qué esta insatisfacción, si todo estaba como debía ser?

Aparecía también la culpa…¨tendría que estar agradecida por todo lo que tengo, en vez de sentirme así…¨ me decía.

Recuerdo que en aquella época me hicieron una pregunta que caló muy hondo en mí y que aún sigue haciendo su trabajo:

¿Y tú, qué quieres?

¡¡¿¿Yo, qué quiero??!!

Sabía muy bien lo que debía, pero no tenía idea de lo que quería.

Después de un momento en blanco una voz muy dentro de mi respondió:  quiero ser Libre.

El Coaching Ontológico Integral fue el camino que empecé a transitar. Entré a un proceso de transformación personal muy profundo donde pude mirar quién estaba siendo.

Descubrí que había una creencia muy arraigada de que el amor se gana y que había que hacer muchas cosas y ser de cierta manera para merecerlo. Era necesario esforzarse.

Parecía que el amor estaba afuera y allá había que buscarlo. Descubrí una manera de ser basada en hacer lo correcto, en ser justa, en pensar en los demás, ser apropiada para ser aceptada y amada.

Desde esta manera de ser me era muy difícil pensar en mí, pues juzgaba que eso era egoísmo y si lo hacía, me aparecía la culpa.  ¿Seré una buena hija?  ¿Una buena madre? ¿Un buen ser humano?

Desde este modo de ser estaba muy bien pensar en los demás, salvándolos, ayudándolos como si ellos no pudieran hacerse cargo de sus vidas. Desde ese lugar ganaba reconocimiento y me perdía a mí misma.  Desde ese lugar no me era posible saber qué era lo que quería.  Estaba agobiada de cosas por hacer.  Mi velocidad era como la de una carrera de 100 metros planos. 

El descanso, la pausa, el cuidado de mí misma, la conexión con lo que quería, podían esperar, mostrando que todo estaba bien y que podía con todo.  Diciendo que sí, aunque quisiera decir que no.  Diciendo que no, por miedo a arriesgar y fracasar.

Pude ver cómo esa libertad que estaba anhelando tenía que ver con aquello que no me estaba permitiendo por juzgarlo malo. Pude ver que lo que estaba extrañando era esa parte de mí que no era tan justa, tan buena, tan considerada, tan servicial. La que se equivoca, la que se cae, la que no sabe qué hacer en algunos momentos, la que tiene miedo, la que necesita, la que se siente sola.

El camino hacia la autenticidad tuvo que ver con desafiar mis creencias y poder mirarme a través de ellas.

El camino a la autenticidad tuvo  que ver con aceptar todo lo que soy y permitirme serlo, sin juicios.

El camino a la autenticidad tuvo que ver con reconocer que esos juicios que yo creía que el mundo tenía, eran sólo el reflejo de mis propios juicios.

El camino a la autenticidad tuvo que ver con dejar de condicionar el amor a ciertos aspectos de mí: los luminosos. Los barrotes de mi jaula eran todas aquellas cosas que me impuse para agradar, para ser aceptada, para ganarme y merecer el amor. La llave de la libertad que estaba buscando estaba en poder mostrarme auténtica permitiendo que aparezca aquello que negué de mi misma.  Me sorprendí al poder verme no tan buena como creía ser, no tan mala como me juzgaba. Simplemente como era, más simple, más real.

Han pasado algunos años y aún sigo desafiando creencias, sigo soltando cosas con las que me identificaba y a las que ahora no les encuentro el sentido. Me voy quedando con menos y aunque suene raro es más, pues me llena y me satisface.

Aún estoy en este camino, y tal vez, lo estaré el resto de mi vida. Un camino para recordar para quien realmente soy, el camino para recordar que ese amor que estuve buscando no estaba afuera, estuvo siempre en mí.

Si en base a mi experiencia tuviera que definir la autenticidad y su relación con la libertad serían algo así: Ser auténtico es ser lo que dices que eres y mostrarte de una manera transparente, sin máscaras, sin maquillaje.  Todo lo opuesto al orgullo, que actúa como un biombo que no deja ver lo que hay detrás.

Ser auténtico te conecta con la libertad de ser lo que eres, sin juicios, con la libertad de hacer lo que quieres conectado con tu esencia, con tu propia voz y tu verdad.

Sin autenticidad no hay libertad.

 

 

luz