Elegir vivir con menos

Elegir vivir con menos

Álvaro Holuigue y Jessica González decidieron, junto a sus tres hijos, salirse del sistema y dejar de ganar dinero para bienes innecesarios a cambio de tiempo y calidad de vida. Hoy viven en Cartagena, cultivan las verduras que consumen, hacen su pan y practican el trueque. Se las arreglan con poco más del sueldo mínimo y les alcanza hasta para ahorrar

Cuando llueve Jessica (39) y Álvaro (44) inmediatamente ponen un tambor en el patio para recolectar el agua que cae del cielo. Este rito instalado en la familia Holuigue González desde hace más de tres años es uno de los tantos que los ayuda a vivir prácticamente fuera del sistema ahorrando lo suficiente para necesitar solo 300 mil pesos mensuales, no tener Isapre ni AFP, visitar el supermercado lo menos posible, no ver televisión e incluso fabricar su propio detergente.

Esta pareja con tres hijos: María Ignacia (16), Álvaro (14) y Antonia (10) decidió en un momento de su vida “bajarse del tren del consumo” y priorizar lo que necesitaban y no lo que querían. “Había cosas que no cuadraban y no entendíamos en qué mundo estábamos, donde el único fin de trabajar era ganar plata”. Álvaro recuerda aquella época en que se pilló trabajando más horas de las normales y viendo muy poco a sus hijos.

Era 1999 cuando Jessica se cruzó en la vida de Álvaro, quien había estudiado Veterinaria y ya tenía algo de experiencia en el mundo del campo. Pololearon un año, se casaron y se construyeron una casa a 8 kilómetros al interior de Cartagena. “Tomábamos agua de pozo, la luz era de velas, y escuchábamos una radio a pila”, dice Jessica, asegurando que era idílico. Pero todo cambió cuando “no se cómo” –recalca– se convirtieron en empresarios del campo: con 8 mil gallinas ponedoras y mucha gente trabajando para ellos. Debieron contratar a una nana para los niños (que ya habían llegado) porque Jessica ocupó el papel de jefa comercial en la empresa. “Salía a las 8 de la mañana a vender a Santiago y volvía a las 12 de la noche. Pasaba por un hipermercado a comprar unos juguetes a mis hijos, a los que solo veía por fotos”. Sus niños comenzaron a preguntar cada vez que la veían “¿Qué me trajiste?” y la comida la pasaban a buscar a un restorán porque no alcanzaban a cocinar. “Sentí que había cambiado tiempo por plata”, recuerda con angustia la Jessica de hoy, que solo sale de casa para hacer clases de yoga.

 

Generar y generar plata

Pero las cosas comenzaron a fallar. En 2007 el sistema les hizo una zancadilla: subió el petróleo, el maíz se fue a las nubes y el negocio dejó de ser rentable. Álvaro debió comenzar a trabajar como contratista para mantener el estándar de vida. “Una vez fuimos al supermercado y nos salió una cuenta de 180 mil pesos, y ¿qué llevábamos?, nada que realmente necesitáramos”, dice.

Decidieron irse a vivir a Llolleo para estar más cerca del colegio de los niños y arrendaron una casona de 400 metros cuadrados, con 5 mil de terreno en el mejor barrio de la ciudad. Álvaro viajaba por todo Chile para conseguir obras y trabajos. Prácticamente no estaba con la familia. “Seguíamos en el sistema para generar y generar lucas”, cuentan con un dejo de tristeza.

Algo no estaba funcionando. En el año 2011 Jessica tomó a los niños y se trasladó a Santiago y encontró trabajo en un mall como vendedora de ropa mientras su marido seguía en el área de la construcción. Esta nueva idea apenas duró un mes. Poco a poco se iba notando la crisis familiar, “y todo por mantener un estilo de vida que nadie nos estaba pidiendo tener”, se miran y reflexionan como pareja hoy.

El quiebre se produjo en enero de 2013. Nuevamente la mujer de la familia tiró el mantel, tomó una mochila, a sus tres hijos y se fue a Isla de Pascua. Sería solo por el verano, pero se quedó un año. “Recogía de la basura los muebles y utensilios. Los niños andaban todo el día sin zapatos, íbamos a la playa después del colegio, jugaban felices y sentía que me estaba haciendo cargo de mi vida. Creo que nos ayudó a crecer”, analiza ese momento bisagra en la vida de ambos, cuando trabajó como costurera ganando 4 mil pesos diarios y lograba sobrevivir. A Álvaro le costó un poco más cambiar el switch. “Yo seguía trabajando en la construcción. Me levantaba temprano y volvía de noche a una casa en silencio. Estaba solo dedicado a trabajar para enviarles plata a los niños. No imaginaba lo que vendría después”.

Cuando Jessica y los niños regresaron al continente Álvaro no reconoció a su mujer. Ella ya no quería que la plata fuera el centro de sus vidas, y se separaron. Había comenzado el verdadero cambio.

 

Nunca más chaqueta y corbata

Santiago no logró ser una alternativa para Jessica. Después de un año en Isla de Pascua, decidió que no quería vivir en la capital. “No podía meterlos a un colegio con chaqueta y corbata”, dice. Era la convicción de que sus hijos debían seguir siendo libres y recibir una educación distinta.

Álvaro, quien siempre la apoyó, le comentó de un colegio en Cartagena que tenía educación alternativa. Jessica no lo pensó dos veces y partió en busca de una casa. “Todo el mundo nos decía: ‘¡Cartagena!, ¿estás segura que quieres vivir ahí?’”, recuerda.

Compraron una casa de 1948 de 95 metros cuadrados construidos. Álvaro comenzó a ir porque necesitaba unos arreglos. “La visión del mundo que tenía Jessica me hizo ver de otra manera la vida. No todo era trabajar para tener. Me di cuenta de que estaba perdiéndolo todo: mi familia, mi mujer, mi gusto por vivir”, reconoce. De a poco se fue quedando en Cartagena para reconstruir su nido y, de paso, su familia. Tres meses después le declaró a su mujer cuál sería su nueva vida: “Le dije: ‘Ya no quiero ser más contratista, me quiero salir del sistema, no quiero seguir trabajando así, quiero hacer lo que me gusta’”. Comenzó entonces a hacer jardines, a estudiar Permacultura (modelo ecológico que cuida la tierra, la gente y pretende un reparto justo) y dar clases de Biología en el colegio de Cartagena.

“La visión del mundo que tenía Jessica me hizo ver de otra manera la vida. No todo es trabajar para tener, me di cuenta de que estaba perdiéndolo todo: mi mujer, mi familia, mi gusto por vivir”, dice Álvaro.

Ser sustentable en la ciudad

Hoy esta renuncia los tiene viviendo sin angustias diarias, y están felices. Ahorran en todo lo que consideran innecesario, se compran ropa en la feria, no van a restoranes, no tienen auto, andan en bicicleta o a pie. Jessica no acepta ningún trabajo donde tenga que tomar locomoción. “Queremos decirle a la gente que no es necesario irse a vivir al Cajón del Maipo para cambiar la forma de vida”, dicen enfáticos en los talleres de cosmética y alimentación sana que realizan en su cocina recién remodelada con sus propias manos, donde resalta la madera nativa de un tronco del sector.

  • ¿Cómo se puede dejar de consumir?

Primero entender el mundo, después entenderse uno dentro del mundo, que es parte de la conciencia y, por último, no dejarse vencer por las tentaciones de la publicidad que te dicen lo que debes tener o lo que debes hacer.

Álvaro y Jessica cultivan la tierra en su jardín para obtener frutas y verduras; tienen maceteros con yerbas medicinales –no van al médico–; hacen trueque con los productores locales de huevo, miel, verduras, legumbres, quínoa o avena, y fabrican en casa su pasta de dientes, detergente, jabón, champú, desodorante y cremas. Ellos mismos hacen su pan, tallarines y las colaciones de los niños.

Los Holuigue González imparten clases de cosmética y alimentación sana y cultivan hierbas medicinales.

  • ¿Qué compran en el supermercado?

Solo necesitamos aceite, papel higiénico, servilletas, arroz y harina. Leche prácticamente no tomamos.

De los artículos más caros consumen poco: pollo, dos kilos una vez al mes, carne, en alguna oportunidad y al pescado le dan una opción a la semana. Incluso, pueden ahorrar para hacer arreglos en el hogar. Decidieron sacar todo el cemento que rodea la casa para poner plantas y su próximo proyecto es proporcionarse por completo el consumo eléctrico (hoy pagan $ 13.000 mensuales) e incluso tratar de venderle al sistema interconectado los watts que les sobren como familia. “Quieren ser más sustentables”.

Hoy su hija mayor se educa en casa a través de un colegio virtual. “Un día me dijo: ‘¿Por qué tengo que ir a un lugar que no me gusta”, recuerda Jessica, “y no tuve cara para obligarla, era yo misma hablándole al mundo”. El segundo irá a una escuela rural –ama el campo– y la más chica está matriculada en el colegio Presidente Aguirre Cerda. “Sabemos que nuestros hijos tienen que salir al mundo, pero entienden que existe esta forma de vida donde uno no tiene que ir a un trabajo que no le gusta solo por el dinero”, recalca Jessica, recordando que hoy viven con 300 mil pesos mensuales, consumen agua o jugo de fruta, decoran la casa con artículos autofabricados, tejen sus propios chalecos y enseñan educación ambiental en la municipalidad. “Para nosotros no es terrible que el supermercado esté cerrado un día feriado”

 

Reportaje de la periodista Claudia Godoy publicado en Revista Paula el 30 de enero de 2018/ Fotografía: Rodrigo Chodil